Cuando el señor Jorge Nocelo bajó al sótano de su casa en Natívitas, Tlaxcala (centro de México) en busca de la tapa de una olla, no esperaba encontrar inquilinos en su propiedad. Entre muñecas, carriolas y otros cacharros, ese espacio abierto sobre una cañada en el que su familia almacenaba todo aquello que ya no usaban regularmente, se había convertido en el nuevo hogar de cientos de murciélagos. Aunque al principio no los reconoció, bastó alumbrar un poco para distinguir a los pequeños quirópteros famosos por colgar boca abajo.
