Navegando un día más por lo cotidiano recibes un correo electrónico. Bien, no es el Espíritu Santo, pero propone algo muy equivalente en la religiosidad laica: ir a ver a tu dios en una misa sólo para muy devotos. Eso es lo que les ocurrió hace poco a un par de centenares de personas, que reconocidas por el algoritmo como muy devotas de Travis Scott eran invitadas a un concierto de la estrella norteamericana en un lugar que se definía como “espacio emblemático de Barcelona”. Lo era, pero no de la ciudad, sino de la provincia, ya que a menos que la furia toponímica de Trump haya determinado que Sant Adrià del Besòs sea un barrio de la capital, es una localidad con entidad propia. Por si acaso representantes municipales acudieron al lugar, la antigua térmica Las Tres Chimeneas. Pelillos a la mar, la antigua instalación energética se antojó una catedral que con tres esbeltas torres se erguía en pos del cielo, y a sus pies, en un espacio acotado sólo para fieles, Spotify celebraba la nueva sotana del Barça, con la fundación de Travis Scott Cactus Jack luciendo en el pecho. La música y las creencias siempre han ido de la mano.
