“¿Adónde van las horas muertas cuando crecemos?” Se lo pregunta Enrique Alpañés en una columna de este periódico en la que reflexiona sobre la apretada agenda del hombre contemporáneo. El texto es maravilloso en su sencillez, y la pregunta, pertinente: uno rememora las siestas de verano que no se echaba en la infancia —la Vuelta bajita en la tele, algún durmiente con el matamoscas en la mano— y no puede más que preguntarse cuándo pulsó el botón de x2. Cuándo empezó la vida a ir tan rápido.
