No recuerdo cuando escuché por primera vez la palabra Europa, pero sí sé lo que significó durante mi adolescencia, que coincidió con los últimos años del régimen comunista en Rumania. Mi Europa era una voz y significaba deseo de libertad. Muchas tardes me sentaba junto a mi madre frente a nuestra vieja radio, siempre acosada por interferencias, para escuchar las emisiones de Radio Europa Libre. En un país donde la información se limitaba a los logros ficticios del socialismo, cada crónica, cada análisis, incluso cada canción que llegaba de Occidente nos recordaba que había una frontera que separaba el aislamiento de la promesa. Soñábamos con cruzarla algún día y acceder así a lo que llamábamos simplemente Europa, que no era solo un lugar en el mapa sino la promesa de la literatura, del arte y del pensamiento libre. Tal vez fuera una visión un tanto idealizada, pero nacía del deseo de ser europeos tanto por afinidad cultural y espiritual como por ubicación geográfica.
