Un apagón de electricidad como el que paralizó la España peninsular el pasado 28 de mayo no solo deja los trenes detenidos y los móviles sin línea. Interrumpe las cocinas de los restaurantes, desactiva las cajas registradoras de los centros comerciales y desconecta los medios electrónicos de pago digitales y los servidores. Su impacto económico, sin embargo, no es uniforme. Mientras que algunos sectores ven interrumpido todo su funcionamiento por completo, otros logran adaptarse para minimizar el parón. Eso es justo lo que sucedió aquel distópico lunes: mientras que los establecimientos de moda, la restauración y las actividades del ocio sufrieron más la caída del consumo, otros sectores como el de la distribución aguantaron mucho mejor el golpe.
