
Vivimos en la era de las apariencias. Nos guste o no, nuestra imagen es lo primero que habla de nosotros y genera un sesgo en los demás, difícil de cambiar hasta que no se entra en una conversación más profunda. Nuestra ropa, nuestras gafas de lectura, nuestra sonrisa o nuestro pelo tienen una importancia mucho mayor de lo que creemos a la hora de relacionarnos, tanto en el ámbito profesional como en el personal.



