Había que ver cómo se ponía Joan de Sagarra cuando le llamábamos maestro y le decíamos lo que habíamos aprendido de él, tanto. Como una hiena se ponía, incluso dejaba entrever los colmillos levantando los labios. Mira que podía impresionar Joan cuando se enfadaba. Le gustaba ser malote y masticar el puro como si te comiera el hígado. Entrecerraba los ojillos chispeantes que parecían los de un feroz jabalí a punto de cargar y a ti te temblaban las piernas (y ya cuando lo conocías más hacías ver que te temblaban, lo que a él le encantaba). Individualista, electrón libre, polemista, a contracorriente, a menudo ácido, huraño, misántropo y displicente excepto con los amigos, Sagarra podía ser antipático e intratable, hasta cruel, cuando quería, y de hecho generalmente desplegaba a propósito lo peor de sí mismo los primeros cinco minutos de cualquier encuentro o conversación, seguramente como medida defensiva: cavaba una línea de trincheras, supongo que para evitar que le hirieran o se le acercaran demasiado. Algo freudiano habría ahí.
