La farmacia de Figueruela de Arriba (Zamora), un municipio situado junto a la Sierra de la Culebra y a unos 12 kilómetros de la frontera con Portugal, da servicio a siete pueblos. Entre todos, apenas suman 318 habitantes. Y, “como algunos de ellos no saben leer”, cuenta la farmacéutica, Begoña González Paramio, “les pego soles y lunas en las cajas de los medicamentos para que sepan si deben tomarlas por la mañana o por la noche”. El horario oficial de la botica es de 11.30 a 17.30, “pero cuando acabo, reparto medicinas a domicilio”, dice ella, y luego vuelve a casa, en Zamora, que está a 80 kilómetros de distancia. Cada ocho días, cubre una guardia no remunerada de 24 horas: “Y si el día siguiente es laborable, tienes que trabajar”. No encuentra relevo que le sustituya en vacaciones ni en emergencias puntuales. “Conciliación familiar, cero”, lamenta. “Tengo un compañero que no se puede operar porque no puede cerrar la farmacia ni tiene dinero para contratar a un sustituto”, asegura. “Vivimos en una situación de esclavitud del siglo XXI”.
