Suelo ser refractaria a lo abstracto y mi mente, en cambio, se abre generosamente cuando lo emocional interviene. Nunca se me dieron mejor las matemáticas que cuando el profesor me mostró simpatía, nunca leí o escribí con más pasión que cuando la profesora apreciaba mi esfuerzo. Necesito relacionar la teoría con la vida, encontrar una razón sentimental, si se quiere, y si no lo logro, me desvinculo. Los dos últimos años que viví en Nueva York, ciudad que tantas emociones me provocó, comencé a sentir cómo el espíritu de la ciudad se ennegrecía. Sus calles eran seguras en comparación con décadas pasadas, pero el precio para vivir en ellas era demasiado alto. En el skyline asomaron rascacielos que solo destacaban en altura, no en belleza. Como bien dijo Fran Lebowitz, si hubo un tiempo en que las ciudades europeas quisieron emular el perfil neoyorquino ahora era Nueva York quien soñaba con convertirse en Dubai.
