Las viejas instalaciones de la central nuclear de Lemoiz (Bizkaia) permanecen ahí varias décadas después, asomadas al Cantábrico, ocupando un paraje natural envidiable. Sigue en el recuerdo la revolución social que originó su construcción en 1972 y la macabra secuencia de atentados de ETA (cinco asesinatos y unos 300 ataques) contra esta infraestructura que nunca llegó a ponerse en marcha y cuyas obras se paralizaron en 1984, dos años después de la moratoria nuclear que ordenó el Gobierno del PSOE. Son 10 hectáreas de terrenos en plena cala de Basordas, entre las playas de Bakio y Armintza, donde aún son visibles las dos grandes moles de hormigón armado que iban a albergar los reactores y un complejo de edificios en estado ruinoso cuyo futuro es hoy una incógnita. El Gobierno vasco, propietario de los terrenos desde 2019, quiere transformarlos en un polígono acuícola para la cría de pescado en cautividad, pero el Ayuntamiento de Lemoiz, en manos de EH Bildu, ha parado en seco este plan al denegar las licencias necesarias para abrir las piscifactorías.
