Todas sonríen en la meta del alto de Cotobello, pese al frío y la lluvia que les azota en el rostro, como si comprendieran que el esfuerzo valió la pena. Lo valía. La que más sonríe es Demi Vollering, dos veces ya ganadora de la Vuelta. La mujer imperturbable, que recorrió 151 kilómetros sin cambiar su rictus, escondida tras las gafas polarizadas, ni un gesto que diera pistas a nadie, ni sus rivales, ni quienes veían los primeros planos de su cara a través de las imágenes de alta definición de las pantallas de televisión.
